Historia 6: La manzana que se enamoró del frutero (Capítulo 2)
(Continuación directa de la Historia 1 — enlaza esta entrada desde el final de esa)
Escena 1 — La respuesta interrumpida
La campana del cierre sonó justo en el peor momento posible, justo cuando el frutero estaba a punto de responder a la pregunta que Manzana llevaba tres años queriendo hacerle. Ella sintió que el corazón, si es que algo así podía tener, se le encogía de golpe — pensó, con una certeza amarga, que acababa de perder su única oportunidad, que la duda se quedaría ahí suspendida entre los dos para siempre.
Pero el frutero no se movió. Se quedó de pie junto a la cesta, con las llaves del puesto todavía colgando de su mano, mirándola como si el resto del mercado, con sus últimos clientes rezagados y el ruido de las persianas bajando, hubiera dejado de existir por completo a su alrededor.
Escena 2 — La confesión
—No me importa que suene raro —dijo por fin, con una voz más baja y más firme de lo que ella le había escuchado nunca—. Llevo tres años guardándote el mejor sitio del puesto a propósito. Cada mañana. Sin faltar un solo día.
Manzana esperó, sin atreverse a interrumpir, sintiendo que cada palabra pesaba el doble de lo normal.
—Y no es porque seas la fruta que más vende, que lo eres —continuó él—, sino porque cada mañana, antes de levantar la persiana, eres lo primero que quiero ver al entrar. Llevo tres años empezando así el día, y no me había dado cuenta de cuánto lo necesitaba hasta que pensé en la posibilidad de perderlo.
Ella no supo qué decir. Nadie, en toda su vida sobre aquel expositor, le había dicho algo remotamente parecido.
Escena 3 — La pregunta que faltaba
—¿Por eso te vas a ir? —consiguió preguntar finalmente, con un nudo en la garganta que no sabía que las manzanas pudieran sentir—. ¿Por eso has estado pensando en vender el puesto y marcharte?
El frutero bajó la mirada, como si esa pregunta concreta le costara más responder que la anterior.
—Me han ofrecido un trabajo mejor pagado, en otra ciudad —admitió, con la voz más apagada—. Debería aceptarlo sin pensarlo dos veces. Sería lo más sensato, lo que cualquiera en mi situación haría sin dudar.
—¿Y qué es entonces lo que te hace dudar? —insistió ella, necesitando escuchar la respuesta en voz alta, no solo intuirla.
El frutero levantó la vista de nuevo hacia ella. Y esta vez, por primera vez en tres años, no dudó ni un solo segundo antes de responder:
—Tú. Eres tú lo que me hace dudar cada vez que pienso en aceptar esa oferta.
Escena 4 — El gesto final
En ese preciso instante, alguien golpeó el cristal de la puerta ya cerrada, pidiendo entrar con insistencia. El frutero se giró apenas un segundo para ver de quién se trataba — un cliente rezagado, cargado de bolsas, ajeno por completo a lo que acababa de interrumpir.
Cuando volvió a fijar la vista en la cesta, algo había cambiado.
Manzana ya no estaba exactamente en el mismo sitio de siempre, el lugar donde él la colocaba cada mañana con tanto cuidado. Se había movido, apenas unos centímetros, hacia el borde más cercano a donde él estaba de pie — el gesto más pequeño posible en apariencia, y al mismo tiempo, el más grande que se había atrevido a hacer en tres años enteros.
El frutero entendió el mensaje sin necesidad de palabras. Sonrió, por primera vez esa tarde, y en lugar de abrir la puerta al cliente que seguía golpeando el cristal, se acercó de nuevo a la cesta.
—Entonces no voy a aceptar esa oferta —dijo, casi en un susurro, como si estuviera hablando más para sí mismo que para ella—. Voy a quedarme aquí, contigo, y vamos a averiguar juntos qué es exactamente esto que llevo sintiendo tres años sin atreverme a decir en voz alta.
Fin del capítulo 2. ¿Quieres el capítulo 3? Déjanoslo en comentarios de TikTok y lo grabamos.

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