Historia 3: El aguacate que recibe mensajes de alguien que ya murió

Escena 1 — El primer mensaje

Aguacate llevaba un mes entero sin poder dormir bien. Todo empezó una noche cualquiera, cuando su teléfono vibró pasada la medianoche con un mensaje de un número que no reconocía.

«Sé que esto te va a sonar imposible, pero soy yo. Necesito que hagas algo por mí antes de que sea tarde.»

Lo leyó una vez, sin darle importancia, pensando que sería spam o un número equivocado. Pero algo lo hizo releerlo una segunda vez, y luego una tercera. Había algo en la forma de construir la frase, en la elección exacta de las palabras, que le resultaba extrañamente familiar, aunque no conseguía ubicar de dónde.

No fue hasta la mañana siguiente, revisando el mensaje de nuevo con la cabeza más despejada, cuando lo entendió con un escalofrío: esa forma de escribir, esa manera concreta de puntuar las frases, era exactamente la de su abuelo. El mismo abuelo que llevaba enterrado desde hacía seis meses.

Escena 2 — La negación

Aguacate bloqueó el número sin pensarlo dos veces. Se dijo a sí mismo que tenía que ser una broma de mal gusto, quizás de algún primo con un sentido del humor especialmente cruel, o simplemente una coincidencia absurda que su cabeza, todavía afectada por el duelo, estaba interpretando de forma exagerada.

Pasó el día intentando no pensar en ello. Pero al caer la tarde, un segundo mensaje llegó desde un número completamente distinto al anterior:

«No tienes mucho tiempo. Mira detrás del reloj de la cocina.»

Esta vez no pudo convencerse de que era casualidad. El tono, el estilo, la forma de ir directo al grano sin explicaciones de más — todo encajaba con la manera de comunicarse de su abuelo, alguien que en vida jamás se andaba con rodeos quien.

Escena 3 — La casa vacía

Aguacate no había vuelto a poner un pie en la casa de su abuelo desde el día del funeral. Le dolía demasiado entrar ahí, encontrarse con sus cosas todavía en su sitio exacto, como si en cualquier momento fuera a volver a moverlas él mismo. Los familiares habían acordado dejarlo todo tal cual estaba, sin prisa por vaciar la casa, sin nadie con fuerzas suficientes para encargarse de ello todavía.

Esa noche, sin embargo, algo lo empujó a coger las llaves que llevaba meses evitando ni siquiera mirar.

La casa olía exactamente igual que siempre — a café viejo y a madera, una mezcla que Aguacate asociaba automáticamente con las tardes de domingo de su infancia. Caminó despacio por el pasillo, encendiendo luces según avanzaba, hasta llegar a la cocina.

El reloj seguía parado, congelado en la hora exacta de la muerte de su abuelo. Nadie se había atrevido a darle cuerda de nuevo, como si hacerlo fuera de alguna manera aceptar que el tiempo debía seguir avanzando sin él.

Con el corazón acelerado, Aguacate metió la mano detrás del reloj, sin saber muy bien qué esperaba encontrar ahí, ni si de verdad quería encontrar algo.

Escena 4 — El sobre

Sus dedos rozaron algo pegado con cinta adhesiva, ya amarillenta por el tiempo. Lo despegó con cuidado, casi con miedo de que se rompiera entre sus manos, y lo sacó a la luz.

Era un sobre sencillo, sin ningún nombre escrito por fuera. Lo abrió despacio, con el pulso descontrolado, y dentro encontró una única hoja de papel, doblada en cuatro, con una frase escrita a mano en la letra inconfundible de su abuelo:

«Si estás leyendo esto, es que por fin encontraste el mensaje. Me alegra que hayas tardado justo el tiempo que necesitabas. Ahora viene la parte difícil: lo que te voy a pedir no te va a gustar, pero es la única forma de arreglar algo que dejé sin terminar en vida.»

Aguacate se quedó de pie en mitad de la cocina vacía, con el papel temblando entre las manos, sin saber si lo que sentía era miedo, alivio, o una mezcla imposible de las dos cosas a la vez. Fuera, a través de la ventana, la noche seguía completamente en silencio, como si toda la casa estuviera conteniendo la respiración junto a él.

Continuará mañana.

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