Historia 1: La manzana que se enamoró del frutero

Escena 1 — La rutina que nadie más notaba

El mercado abría a las siete, pero Manzana llevaba despierta desde mucho antes — si es que a eso se le podía llamar «despertar», cuando en realidad nunca llegaba a dormir del todo. Desde su sitio en el expositor, veía la calle vacía a través del escaparate, las farolas todavía encendidas, el vapor saliendo de la boca de algún repartidor madrugador.

Y entonces, siempre a la misma hora, aparecía él.

El frutero llegaba con el mismo paso cansado de quien ha dormido pocas horas, el delantal ya puesto desde casa, las llaves sonando en su bolsillo antes incluso de sacarlas. Abría la persiana con un gesto mecánico, repetido tantas veces que ya ni siquiera necesitaba pensarlo. Pero justo después, antes de encender las luces, antes de colocar el resto de la fruta, hacía siempre lo mismo: se acercaba directo a ella.

La cogía con cuidado — más cuidado del que empleaba con cualquier otra pieza del expositor — y la colocaba en el mismo lugar exacto, el que mejor luz recibía cuando el sol entraba de lleno por la mañana. Nunca decía nada. Nunca la miraba más de un segundo. Pero ese segundo, Manzana lo esperaba cada noche como quien espera el único momento bueno de todo el día.

Ella no sabía —no podía saberlo, no de la forma en que él sí lo sabía— que llevaba haciendo exactamente eso durante tres años seguidos, sin faltar un solo día.

Escena 2 — La grieta en la rutina

Todo empezó a cambiar un martes, en apariencia un martes como cualquier otro. Manzana notó algo raro en cuanto el frutero abrió la persiana: no llevaba el mismo gesto de siempre. Su cara tenía una expresión que ella no había visto antes, algo entre el cansancio y una decisión ya tomada pero no anunciada.

Esa tarde, su hermano vino a visitarlo al puesto, algo que no solía pasar entre semana. Se sentaron en los taburetes del fondo, donde solían guardar las cajas vacías, pensando que nadie los escuchaba.

—Me han ofrecido un puesto mejor pagado, en otra ciudad —dijo el frutero, con la voz baja, casi como si estuviera confesando algo—. Debería aceptarlo sin pensarlo. No tengo ninguna razón real para quedarme aquí.

—¿Ninguna? —preguntó su hermano, con una media sonrisa que sugería que sabía perfectamente que esa frase no era del todo cierta.

El frutero no respondió enseguida. Y entonces, durante un segundo demasiado largo para ser casualidad, miró hacia la cesta donde estaba Manzana.

Ella lo vio todo desde su sitio. Y por primera vez en tres años, sintió algo parecido al pánico — el miedo concreto y afilado de estar a punto de perder algo que ni siquiera había tenido el valor de nombrar.

Escena 3 — El gesto que lo cambió todo

Esa misma tarde, cuando el mercado ya se iba vaciando y solo quedaban los últimos clientes rezagados, el frutero se acercó a recolocar unas peras que se habían desordenado. Manzana, sin pensarlo demasiado, sin darse tiempo a arrepentirse, rodó muy despacio hacia el borde de la cesta.

Lo hizo tan cerca del límite que, cuando él se giró, tuvo que sujetarla con las dos manos antes de que cayera al suelo.

Sus manos se encontraron con ella en el aire. Y durante ese instante, el ruido del mercado pareció apagarse del todo.

—Llevo queriendo decirte algo desde el primer día que trabajé aquí —dijo él, con la voz más baja de lo habitual, mirándola de un modo en que nunca antes se había permitido mirarla—. Pero nunca supe cómo empezar sin que sonara ridículo. Hablándole a una fruta que ni siquiera puede responderme con palabras.

Manzana sintió que se le calentaban las mejillas, si es que eso era posible en alguien como ella.

—¿Y qué era? —»preguntó», inclinándose apenas un poco hacia él, lo único que podía hacer para responder.

Él abrió la boca. Y justo en ese instante, la campana del cierre del mercado sonó — la misma campana de siempre, a la misma hora exacta, pero que nunca antes le había sonado tan cruel.

—Mañana —dijo él, casi en un susurro, devolviéndola con cuidado a su sitio—. Te lo prometo. Mañana te lo cuento todo.

Escena 4 — La noche más larga

Manzana pasó esa noche entera despierta, algo que nunca antes le había pasado. Desde el expositor a oscuras, con las luces del mercado apagadas y la calle en silencio, no dejaba de repasar una y otra vez la misma pregunta: ¿qué habría dicho, si la campana no hubiera sonado justo en ese momento?

Pensó en los tres años de gestos pequeños que ahora, de pronto, cobraban un sentido distinto. El sitio reservado cada mañana. El cuidado extra cuando llovía. Las excusas inventadas cada vez que algún cliente intentaba llevársela entre varias manzanas parecidas.

Y pensó, con un nudo que no sabía que pudiera sentir, en la posibilidad real de que él aceptara el trabajo en la otra ciudad antes de que llegara esa respuesta pendiente.

Cuando por fin empezó a clarear, y la luz de la mañana entró de nuevo por el escaparate del puesto, Manzana no supo si lo que sentía era miedo o esperanza. Solo sabía que, por primera vez en tres años, el día siguiente le importaba más que cualquier otro que hubiera vivido antes.

Continuará mañana.

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